Capítulo VIII
Naivität se había sumido en sus
pensamientos, le preocupaba a tal grado su situación que había contemplado el
suicidio, pero recapacitó al recordar a su pueblo. Después de la muerte de su
hermano todo se había vuelto un caos para él, como nuevo heredero se le habían
asignado un sinfín de labores, el consejo actuaba como un nido de víboras y su
hermana lo trataba de modo distante. Los altos funcionarios le pedían que le
subiera los impuestos a sus súbditos, que legalizara la esclavitud y la pena de
cárcel por deuda, sin embargo se mantuvo firme y no accedió, todos comenzaron a
ser más despiadados y cuando sentía que quería tirar la toalla el pueblo marchó
hasta su palacio lanzando vítores a su favor; sabían que se arriesgaba por
ellos y lo agradecían, eso le infundió ánimos. Sonrió, sería valiente, de nuevo
por ellos. De pronto escuchó que la puerta se abría y entraba otra vez aquel
extraño pelinegro de nombre Maler, según había escuchado, enseguida se puso de
pie, alerta ante cualquier amenaza.
Maler sonrió, cada vez que lo miraba se
le hacía más bello, avanzó hasta quedar muy cerca de él, así fue más palpable
la diferencias de estaturas.
—Cómo te sientes—preguntó el mayor de
forma cortés.
Naivität dio un respingo y alzó la cara
para encararlo—Oh, de maravilla, me encanta el servicio de encierro y amenazas
a la habitación.
Maler lo miró perplejo y luego soltó
una carcajada, sorprendiendo al más chico—eres todo un amor.
Los ojos verdes se achicaron con enojo.
—Y qué te parece el servicio de
striptease a la habitación—dijo tomando el borde de su camiseta haciendo amago
de quitársela mientras le guiñaba un ojo.
Naivität ensanchó los ojos y abrió la
boca aunque no dijo nada pues no sabía qué decir.
Maler le dio un leve toque en la nariz
con el dedo índice—eres un pequeño pervertido—y se tumbó de espaldas en
la cama dejando sus pies colgando afuera.
El pelirrojo parpadeó incrédulo “qué le
pasa a este tipo” y luego apretó los puños “se está burlando de mi”
—Ven—lo llamó Maler palmeando el
colchón a su lado—estás ,muy chiquito para la pornografía, pero te puedo
mostrar otro tipo de espectáculo.
—¿Sí?—exclamó Naivität sarcástico—yo
también conozco uno, se llama “mi puño rompiéndote la cara”
—No, no me gusta—dijo juguetón,
incorporándose alcanzó a tomar a Naivität del brazo pues este había reaccionado
tarde para alejarse, lo trajo consigo a la cama y le fue fácil someterlo
poniéndose sobre él y sujetando sus muñecas a cada lado del rostro.
—Quítate—gruñó Naivität haciendo
esfuerzos por liberarse.
—Prométeme que te portarás bien.
—Quítate—exigió de nuevo.
—Te advierto que me puedo quedar así
todo el día—amenazó mirándolo fijamente y de hecho le encantaba la idea, el
único problema era que desconfiaba de su autocontrol.
Naivität se sonrojó sin ser consciente
que con ello excitaba al mayor.
—Bien—aceptó.
Maler suspiró “ está para comérselo”
pensó antes de quitarse de encima y acostarse a su lado dejando un brazo sobre
la cintura del menor para impedir que se levantara.
—¡Oye!—exclamó Naivität enojado.
—Shhh-siseó Naivität haciendo un ademán
para que mirara al techo—la función va a empezar.
Naivität extrañado y respirando
aceleradamente miró al techo como le indicaba el otro, se sentía nervioso al
estar en una cama con un extraño abrazándolo. De pronto sus preocupaciones se
esfumaron y sus manos que forcejeaban con el brazo del pelinegro terminaron
apenas descansando sobre este, allí en el techo una tinta negra se movía como
si tuviera vida propia, sus ojos verdes brillaron de curiosidad, jamás había
visto algo así.
Maler sonrió satisfecho, él poseía un
talento especial, algo que lo distinguía entre sus compañeros, algo que incluso
el líder del clan no podía hacer: crear ilusiones ópticas de vivida realidad,
ilusiones que si él quería podían ser inclusive palpables físicamente—es una
historia de amor—explicó sobre lo que le iba a mostrar.
Naivität lo miró apenas unos instantes
para volver su vista al techo donde comenzaba a formarse una figura humana, con
trazos blancos se dejaba ver los rasgos del rostro, esa figura era Maler que
estaba de pie, al perecer silbando, de pronto otra figura se hizo presente, era
Ehre, le preguntaba algo a Maler y con gestos este negaba saber lo que le
preguntaba, entonces la figura de Ehre comenzó a halarse el cabello y de su
cabeza emergieron enormes cachos, su boca se abrió dejando ver sus filosos
dientes y sus manos desarrollaron garras mientras Maler temblaba. Ehre lo tomó
y lo devoró para después carcajearse, en instantes llevó sus manos a su
estómago y comenzó a retorcerse de dolor, en eso apareció un excusado y la
figura de Ehre en él se sentó e hizo un gesto de total alivio.
Maler, que miraba a Naivität, pudo
notar una leve sonrisa, se sintió satisfecho, su primer objetivo era
relajarlo, ahora le tocaba agradarle.
Las figuras se disolvieron y la tinta
comenzó a moverse en espiral, luego volvió a formar una figura, la figura de Naivität.
Maler notó la sorpresa en el chico,
esperaba dar en el clavo, aunque le estaba costando trabajo concentrarse al
tenerlo en un abrazo, sobre todo sintiendo las pequeñas manos sobre su brazo.
Tragó grueso y siguió con la función.
La figura de Naivität lloraba pues
estaba en una jaula, caminando hacia esta llegó Maler y la abrió, se transformó
en pájaro y Naivität subió en él y así huyeron volando alto, atravesando las
nubes y encontrándose con otras aves, cuando estuvieron a salvo el pájaro
descendió y Naivität bajó de él, pero la tierra era árida y la figura de Naivität
se entristeció, viendo esto el pájaro volvió a su forma humana y sacando
una daga se la clavó en el pecho y murió, su sangre fluyó de tal manera que
inundó el piso y entonces comenzaron a emerger cientos de flores y árboles
frutales que rodearon al pelirrojo. Al terminar la tinta se esfumó en forma de
miles de mariposas.
Naivität estaba impactado, qué
significaba aquello, acaso le estaba diciendo que le ayudaría, que estaba
dispuesto a todo por él, miró a Maler y se encontró con esos ojos negros
mirándolo con intensidad y se puso muy nervioso.
Maler estaba más que contento, había
logrado dejarlo sin defensas y aprovecharía la ocasión comenzando con un beso.
Capítulo IX
Volvió a la guarida, ni bien puso un pie en ella notó que la esencia de Maler estaba en su habitación ¡con su prisionero!
Maler se había inclinado sobre el más chico y acercaba su rostro al de él, su mirada estaba fija en los labios carnosos, estaban tan cerca que sus respiraciones chocaban, Naivität aún aturdido captó las intenciones del otro y lo detuvo poniéndole la mano en la boca. Maler sin embargo no desaprovechó la oportunidad y mirándolo ahora a los ojos le besó la mano y comenzó a chuparle los dedos. Naivität se sonrojó violentamente e intentó retirar la mano pero Maler lo detuvo agarrándole la muñeca. En ese momento la puerta se abrió de golpe. Ehre, furibundo, estalló al ver la escena y con una velocidad monstruosa tomó a Maler y lo estampó contra la pared.
—¡Qué mierda haces en mi habitación!—rugió con ira.
Naivität se levantó torpemente y retrocedió un poco, ya había visto al pelinegro enfadado pero no a ese nivel.
Ehre sentía la sangre hervir, sus pupilas estaban dilatadas deseando matar a su primo. Por su parte Maler esbozó una hipócrita sonrisa, pero lo cierto es que por dentro maldecía a Ehre por haberlo interrumpido.
—Nada, sólo le hago una visita al prisionero—contestó aparentando indiferencia.
—Mira maldito—siseó Ehre parándose muy cerca de Maler—no te quiero cerca de él ni de esta habitación ¿ entendiste?
Maler borró su sonrisa y lo miró con seriedad, quería partirle la cara pero miró de soslayo a Naivität notando su espanto y pensó que no le convendría que el pequeño lo viera en su faceta violenta. Volvió a sonreír, sintió que a pesar de todo tenía media guerra ganada, ahora mismo, a los ojos del más chico, Ehre era el psicópata maltratador y él, el hombre gentil y amable. Con sólo un gesto se despidió y salió de allí.
Ehre chasqueó la lengua, esperaba que le retara para poder darle una paliza y desquitar su ira. Se acercó a la puerta y la cerró de un azote.
Naivität dio un respingo, ahora estaba solo con ese animal.
Ehre se pasó una mano por el cabello y lo miró de arriba abajo, estaba muy enojado, la imagen de Maler sobre el pelirrojo retumbaba en su mente y lo que más le mortificaba era que el chico no parecía poner resistencia ¡qué demonios le había dicho Maler para dejarlo tan sumiso!
—Qué hacías con Maler—pregunto con tono soez.
Naivität tragó grueso pero respondió con aplomo—A ti qué te importa.
Mala respuesta, eso avivó el enojo del azabache quien con dos zancadas estuvo justo frente al pelirrojo—me importa cuando se revuelcan en mi cama.
Naivität apretó la boca ofendido, su prudencia se esfumó y ahora también estaba muy molesto, así que gritó:—¡Entonces déjame salir para que me revuelque con Maler en otro lado!
Ehre lo abofeteó sin medir su fuerza derribándolo en el acto y dejándolo bastante atontado, se había golpeado la cabeza con una esquina de la cama. Esas palabras le habían taladrado los oídos consumiéndolo en la llama de unos celos que ni el mismo reconocía.
—¡Así que eres un puto!—escupió con saña, se echó encima de él y comenzó a arrancarle la ropa con mucha violencia—Así que quieres un revolcón—vociferaba tirando la tela del pantalón para arrancárselo, Naivität semiinconsciente parecía sólo un muñeco—Te dejó caliente el tipo de la cueva ¿ah? ¡Contesta!
Le miró, al fin la cara, las cuencas verdes estaban entrecerradas, murmuraba algo inentendible mientras movía sus manos con la intención de defenderse pero mareado como estaba sus movimientos eran lentos e imprecisos, de su frente hasta su ojo derecho corría un hilillo de sangre producto del golpe con la cama.
Ehre sintió que se le detenía el corazón, toda la ira se esfumó y se sintió como una cucaracha, dejó de agredirlo pero no se separaba de él, jadeaba alterado, confundido con la vorágine de sentimientos que experimentaba.
—Déjame—murmuró apenas audible Naivität, se había recuperado un poco y ahora le empujaba los hombros con la intención de liberarse.
El azabache se incorporó lentamente—ve a bañarte—ordenó con un tono de voz neutro, necesitaba ocultar sus emociones, necesitaba calmarse.
Naivität no objetó, en ese momento el baño le parecía el lugar más maravilloso del mundo, porque allí no estaría a la vista de Ehre. Se levantó con algo de dificultad y entrando en el baño cerró la puerta pasando el pestillo para luego recostarse en la puerta tratando de sosegarse.
Ehre se frotó las sienes con frustración, le desesperaba no tener control de sus emociones, era la primera vez que le ocurría y eso le llenaba de miedo, porque sentía que aunque fuese más fuerte que aquel niñato pelirrojo estaba cada vez más vulnerable ante él. Estaba arrepentido de haberlo tratado con tanta rudeza, la cara de angustia que tenía cuando estaba sobre él era como un puñal perforándole el pecho. Maldijo a Maler. Todo era su culpa.
Este por su parte, se había adentrado en el bosque sentándose en la rama más alta de un frondoso árbol, la sensación de tener a Naivität bajo su cuerpo le sobrepasaba, le había puesto muy caliente, por eso seguía soltando imprecaciones contra su primo, estaba enojado y frustrado, pero al mismo tiempo algo feliz, si bien Ehre impidió que tuviera un momento glorioso a su vez se había hundido ante los ojos del pelirrojo, estaba seguro que este no lo vería más que como un salvaje al cual temerle. Y no estaba muy equivocado.
En el cuarto de baño Naivität estaba sentado en la tina de agua tibia, perdido en sus propios pensamientos, se había calmado pero aun no abandonaba su pecho cierto desasosiego, a su ver, Ehre era un tipo muy peligroso, impulsivo y algo perverso, no podía evitar pensar que cuando saliera del baño lo atacaría de nuevo, suspirando preocupado se llevó agua a la cara limpiando la sangre. Le fue inevitable comparar a Ehre con Maler, y no es que confiará plenamente en Maler pero él por lo menos no lo maltrataba, incluso cuando lo había sometido en la cama lo hizo con fuerza pero no lo lastimó, luego estaba aquella función que le mostró, era obvio el mensaje pero qué tan real serían las intenciones, sopesó la posibilidad de que le estuviera engañando, aprovechándose que su mente, sometida a tanta presión sintiera simpatía por el primero que le mostrara gentileza. No pudo aclarar sus dudas. Al terminar de asearse salió de la tina, tomó la toalla blanca y la enrolló en su cintura, con sus manos sacudió el exceso de agua de su cabello y miró la puerta, le daba miedo salir, le daba miedo Ehre, agachó la cara y maldijo el hechizo que lo tenía atrapado en ese cuerpo casi infantil, ese cuerpo débil incapaz de defenderse, sacudiendo la cabeza se libró de esos pensamientos deprimentes y se dispuso a salir, siempre sería débil, pero jamás un cobarde.
Capítulo X
Ehre estaba también nervioso, no lograba descifrar sus propias emociones, mientras el chico se bañaba a él lo había dominado el deseo de agradarle, cuando escuchó el pestillo de la puerta del baño se sentó para no encararlo. Percibió el miedo del chico y sus pasos trémulos por la habitación.
Perturbado por sus deseos trató de no mirarlo y sin voltear le dijo:—vístete.
Naivität notó que sobre la cama había un camisón y un mono de lana que obviamente eran de Ehre, con rapidez se puso las prendas y una vez vestido se quedó de nuevo en el mismo lugar.
Ehre sentía el bombeo fuerte de su corazón y mirándolo de reojo notó que su frente seguía sangrando, frunció el ceño y se puso de pie mientras Naivität lo miraba con desconfianza caminó hacia el baño al tiempo que señalaba la cama:—siéntate.
Naivität hizo una mueca de desagrado pero igual obedeció, mientras no lo agrediera no le llevaría la contraria. Apenas se hubo sentado Ehre volvió y se hincó frente a él, notó que traía alcohol, algodón y una gaza. Se sobresaltó cuando Ehre le puso una mano en la mejilla y con la otra le apartaba los cortos flequillos de la frente. Por instinto se echó para atrás.
—Tranquilo—dijo Ehre con un extraño tono cariñoso.
El chico, perplejo ante este repentino trato gentil, no dejaba de mirarlo con desconfianza. El azabache empapó una motita de algodón con alcohol y la llevó a la herida. Naivität no dijo nada, aunque Ehre pudo ver como fruncía levemente la boca por el ardor.
La sangre no dejaba de fluir constantemente.
—Mierda—murmuró Ehre cuando el algodón se llenó de sangre y sin embargo la sangre seguía fluyendo.
Naivität seguía en silencio, se había puesto nervioso porque Ehre llevaba demasiado tiempo pegado a él.
El moreno volvió al baño—No te muevas—advirtió. Segundos después volvió, traía ahora aguja e hilo, Naivität desvió la vista, evidentemente asustado.
—Si te quedas quieto no dolerá mucho—susurró suavemente tratando de calmarlo, hincándose de nuevo entre sus piernas.
Naivität no respondió, nervioso intentó mirar al suelo o a la pared, pero Ehre estaba tan cerca que sólo a él podía mirar, sonrojado decidió cerrar los ojos. Ehre concentrado en su labor, no perdía detalle del chico, ni mucho menos de ese sonrojo que lo dejó a mil, agradecía que el pelirrojo estuviera de ojos cerrados y no viera su notable erección.
Ehre terminó su labor y volvió a limpiar con alcohol la herida, luego puso una pequeña gaza y le sujetó la cara con ambas manos—ya está—le susurró muy cerca, sintiendo su calor—no te ha dolido ¿verdad?—preguntó con sus ojos clavados en los labios que se veían tan apetecibles.
Naivität abrió los ojos y se sonrojó de nuevo, removiéndose para que lo soltara al tiempo que susurraba un leve—no.
Ehre lo dejó libre y recogió los implementos que había utilizado, cuando se puso de pie le dijo:—duérmete, ya es tarde.
Naivität resopló aliviado y se acostó de lado, le dolía mucho la cabeza y en verdad estaba muy cansado, tanto física como emocionalmente, así tardó muy poco en ser vencido por el sueño.
Ehre guardó todo y se lavó la cara ¡Vaya que estaba caliente! No entendía por qué se había excitado tanto si lo único que había hecho era tocarle la cara, recordó placenteramente la suavidad de esas mejillas, fantaseó con besar esos labios introduciendo su lengua en aquella apetitosa boca; alterado volvió a lavarse el rostro y se reprendió mentalmente.
Rato después volvió a la habitación, vio a Naivität ya dormido, su cuerpo de costado y algo encogido por el frío se le hizo condenadamente sexy, se relamió nuevamente excitado, se acostó abrazándolo por la espalda suavemente, con cuidado de no despertarlo, sentirlo entre sus brazos fue una maravilla, olió su nuca ¡olía tan rico! Quería acariciarlo pero tenía miedo de despertarlo, la calidez del pequeño cuerpo lo ponía cachondo, con movimientos lentos se pegó mucho a él, tal como si fuese una calcomanía, rozando deliberadamente su miembro apretado entre las nalgas del pequeño, Ehre suprimió cualquier gemido, tenía ya la frente cubierta con una fina capa de sudor, Naivität se removió incómodo y Ehre aflojó el agarre, mas no se apartó, el chico terminó acostado boca arriba, lo contempló embelesado, rozó con su mano la gaza “soy un cabrón” pensó conmovido, sus manos viajaron con sutileza por aquel rostro, por unos segundos sus dedos rozaron los labios, se inclinó hacia él y sacando su lengua los lamió sintiendo una corriente eléctrica recorrerle entero, Naivität volvió a removerse, se quedó boca arriba pero volteó su rostro, Ehre aprovechó y depositó un suave beso en el pálido cuello ahora expuesto y con cuidado comenzó a subirle el camisón lo suficiente para dejar una tetilla rosadita expuesta, esta exhibía un pequeño moretón que le había hecho Verräter, Ehre besó el tierno botoncito, miró el rostro de Naivität cerciorándose que estuviera dormido y entonces volvió a atacar el pezón, pasando su lengua caliente deleitándose con la sensación, la sangre bombeaba en su cuerpo muy rápido. Se detuvo. Su respiración era ya jadeos ¡esto es demasiado! Se dijo a si mismo y durante un largo minuto se debatió entre hacerlo suyo sin importarle que fuese a la fuerza o controlarse y ganarse su amor. Fue allí cuando se asustó ¡¿Amor?!¡¿Quería su amor?! Se levantó de un salto, como si de repente el cuerpo del pelirrojo fuese un hierro candente.
Lejos de allí, en Brillenglas, Eitel estaba en un cuarto poco iluminado sentada en un sillón de terciopelo mirando frente a ella al cochero de Naivität, hincado, este le había dicho que Verräter había matado a Naivität.
—¿Y dónde está Verräter?—preguntó con sus ojos brillando de crueldad, sabía que ese lacayo le mentía.
—…él…está….—la mandíbula del hombre temblaba, había vuelto a Brillenglas porque temía que los raptores de Naivität lo mataran, pero ahora se arrepentía de haber vuelto.
—Habla—apuró perdiendo la paciencia.
—…mi señora…él…no sé…—confesó orinándose del miedo.
—No lo sabes—repitió con una calma pasmosa.
—…unos hombres…secuestraron al emperador….nosotros….—el hombre balbuceaba preso del pánico.
Ella guardó silencio largo rato mientras el cochero temblaba como una hoja, de pronto se levantó y abandonó el despacho, el hombre suspiró, pero fue un segundo de alivio porque entraron dos hombres corpulentos que en tan sólo un minuto acabaron con su vida.
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