Capítulo XII
La tarde parecía tranquila, Naivität comía despreocupadamente, ignorante del torbellino de sensaciones que abrumaban a su compañero. Ehre, sentado a su lado, hacía ya cinco minutos que había dejado de comer, un calor sofocante comenzaba a nacer de sus entrañas, un deseo agobiante, miraba de reojo al pelirrojo y su mente era invadida por imágenes lascivas, su pene iba creciendo haciéndose notorio a través de su pantalón, pero Naivität concentrado en sus propios pensamientos no lo notaba. Ehre se limpió la frente bañada en sudor, su rostro se mostraba contraído por la confusión, su respiración descompasada, sus ojos miraban hipnotizados como Naivität comía la salchicha y en un impulso se inclinó hacia él para besarlo, el pelirrojo se alejó por reflejo.
—Qué coño haces—exclamó poniéndose de pie.
Ehre lo miró aún sentado, su rostro estaba enrojecido, sentía una pasión desbordante, su miembro pulsaba ya completamente erecto, trató de controlarse, se esforzó en verdad.
—Eres un loco—dijo Naivität sin entender nada y se giró para sentarse lejos de él.
En ese momento, como un animal al acecho, Ehre se levantó de un salto y lo atrapó abrazándolo por la espalda, lamiéndole la extensión del cuello.
—¡Suéltame!—rugió con enojo Naivität revolviéndose para zafarse, los brazos de Ehre inmovilizaban los suyos como poderosas tenazas.
Ehre chupó el cuello dejándole una marca que prometía volverse morada.
—Bastardo—gruñó Naivität aun sin ser consciente del peligro y decidido trató de golpearlo con las piernas.
En respuesta al golpe Ehre sonrió visiblemente excitado y metió la lengua en el oído de su víctima restregando su falo entre las nalgas del más bajo.
—¡Que me sueltes, coño!—gritó frustrado agitándose con más fiereza.
Con un movimiento ágil Ehre lo giró para estar frente a frente y le sujetó las nalgas con fuerza buscando su boca, Naivität aprovechó la repentina libertad de sus brazos y le asestó dos fuertes puñetazos, pero estos no le hicieron daño, usó entonces sus dos manos para empujarle el pecho y alejarlo de si, logrando sólo exaltar la excitación del mayor, este le rasgó la camisa, momento que utilizó Naivität para separarse un poco y asestarle una patada en los costados, el pelinegro le sujetó la pierna y tiró de él derribándolo, apenas su espalda tocó el suelo trató de incorporarse, el miedo dominaba ya todos sus sentidos, pero Ehre se inclinó sobre él obligándolo a permanecer acostado, lo besó con furia y le mordió el labio, cuando Naivität se quejó introdujo su lengua en la exquisita cavidad y hurgó desenfrenadamente, casi ahogándolo; lo besaba como un poseso adueñándose totalmente de la pequeña boca mientras sus manos se deleitaban con el suave pecho y los dulces pezones que pellizcaba sin piedad, pero Naivität aún no se rendía, trataba de propinarle un rodillazo en los testículos, aunque le estaba costando mucho porque Ehre tenía todo su peso sobre él limitando sus movimientos.
Cuando Ehre liberó su boca para devorar su cuello Naivität lo insultó a rabiar.
—¡Déjame, basura!—gritó furioso—¡Eres un maldito enfermo!¡Suéltame, cabrón!
Mas Ehre poco o nada le importaba, su lengua caliente pasaba sobre la piel reconociendo su sabor adictivo, sus labios succionaban queriéndoselo comer, sus manos acariciaban la tersa piel sintiéndole como fuego haciendo brotar de su sexo el pre semen. Con su boca rodeó el rosado pezón y chupó de él como un becerrito de su madre, intercalando lamidas y besos, con un rastro de saliva fue hasta el otro pezón repitiendo la operación con deleite.
—¡Basta maldita sea!—gritaba Naivität frustrado al borde del llanto.
Ehre se incorporó un poco, ignorando los golpes y arañazos del menor, tomó el borde del pantalón y de un solo movimiento lo rasgó por completo.
—¡Para con esto, hijo de puta!—rugió Naivität tratando inútilmente de levantarse.
Ehre lo tomó del cabello con brusquedad y lo besó echando otra vez su peso sobre él, moviendo su falo, duro como un mástil sobre el del más pequeño que estaba flácido, porque Naivität lo único que estaba sintiendo era rabia y terror.
Cuando Ehre paró de besarlo, Naivität abrió la boca buscando desesperadamente aire, pues se había estado asfixiando mientras Ehre lo despojaba de su ropa interior dejándolo totalmente desnudo a excepción de las botas negras.
Ehre liberó su miembro erguido totalmente, Naivität tembló asustado, el pelinegro le abrió las piernas sosteniéndole los muslos y le besó la oreja restregando la punta de su pene entre sus nalgas jugando con el ano rosadito, Naivität temblaba terriblemente asustado y suplicó vencido al oído del mayor que besaba su cuello:
—Ehre…no lo hagas…por favor—su voz era apenas audible.
Ehre se quedó inmóvil, disfrutando del aliento en su oído, el temblor, el calor de su cuerpo, el sudor empapándolo y entonces, entró en él con fuerza hasta el fondo sintiendo sus testículos golpear las blancas nalgas del menor.
El grito de Naivität fue terriblemente desgarrador, el pene de Ehre había sido como una estaca de carne que rasgó su ano con violencia forzándolo abrirse sin ninguna preparación y lubricado sólo con el pre semen de Ehre, además su cuerpo inmaduro no estaba preparado para recibir semejante miembro.
Por su lado Ehre gruñó de éxtasis, la fuerza con que el esfínter de Naivität aprisionaba su miembro le era exquisito, sentía las venas de su pene palpitar dentro de la cavidad estrecha y caliente, Naivität se desmayó por el intenso dolor pero eso a Ehre no le importó, comenzó a bombear, disfrutando enormemente la sensación de casi sacar y meter por completo su miembro dentro del chico, mientras sus caderas se movían su lengua jugueteó en el delicado cuello, viajando hasta el lóbulo de la oreja, luego a la mejilla y finalmente a la boca; el cuerpo inmóvil de Naivität lucía pálido, Ehre entraba y salía de él con violencia, sus manos le recorrían los muslos, apretaban las redondas nalgas, surcaban la suave espalda, pellizcaban los pezones, su calentura lo hacía mancillar ese cuerpo frágil sin compasión. Poco después Naivität despertó, desorientado sólo era capaz de percibir un dolor agudo, Ehre seguía penetrándolo, cuando cayó en cuenta gritó con angustia y se revolvió, Ehre que hasta ese momento había paseado sus manos por todo él lo agarró fuerte de la cintura y sonrió, le gustaba más así, con él consciente, penetrándolo ahora con más ímpetu, tirando de él hacia sí y al mismo tiempo empujándolo con cada envestida.
Las lágrimas de Naivität brotaron como un manantial, trataba aún de liberarse pero le era imposible, sus quejidos lastimeros aumentaban el morbo de su atacante que bramaba como un animal en celo justo en su oído causándole asco.
—…para…—pidió humillado, el dolor era insoportable, pero su suplica fue desoída.
Ehre bajó a su tetilla y lo mordió arrancándole otro grito de dolor, luego si ningún miramiento salió de él, Naivität suspiró porque creyó que todo había acabado pero no fue así, el pelinegro lo volteó boca abajo poniéndolo de rodillas y presionándole la cabeza contra el suelo, dejando su culo expuesto, enrojecido y sangrante. El pelinegro puso la cabeza de su pene en el pequeño orificio, Naivität tembló y cerró los ojos apretando los dientes, Ehre se relamió y comenzó a entrar en él, ahora despacio, a pesar de que era la segunda vez volvió a entrar con mucha dificultad porque el cuerpo de Naivität era muy pequeño.
El pelirrojo gimoteó desesperado, era terrible, muy doloroso, sentía sus entrañas llenas y adoloridas. Ehre comenzó a moverse rítmicamente echando su torso sobre la espalda del más pequeño, besándole la nuca y los hombros, para él era el éxtasis, la gloria, era un cuerpo exquisito, deliciosos, el ano de Naivität lo apretaba fuerte haciéndolo gozar como nunca, sus movimientos eran cada vez más rápidos y violentos, el ruido que hacían sus testículos al chocar con las nalgas de Naivität lo excitaba, también los quejidos de este, de pronto sintió que su miembro comenzaba a hincharse, sus venas palpitaban aún más, lo penetró con más violencia, con tanta fuerza que lo impulsaba hacia adelante enterrándole todo su pene en lo más profundo, luego las últimas cinco estocadas fueron muy poderosas y su leche se descargó en las entrañas deliciosas del menor, los potentes chorros de semen inundaron la tierna cavidad. Ehre gruñó de gozo al oído de su víctima y luego se dejó caer aplastando al más pequeño y allí se quedó dormido, sin sacarle su miembro al chico.
Naivität se quedó quieto, su cara estaba inexpresiva y aunque de sus ojos seguían saliendo lágrimas de sufrimiento, su mirada estaba ausente, ya nada volvería a ser igual.
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