martes, 27 de enero de 2015

Un ángel llora 3-4-5



Capítulo III


        Largas pestañas rubias se abrieron poco a poco, los ojos azules trataban de enfocar y tardaron en lograrlo, el chico miró a su alrededor y se sorprendió de ver al médico durmiendo en una silla junto a su cama ¡se había quedado velando su sueño!, frunció el ceño, se sentía enojado, no entendía por qué parecía tan amable, sacudió su cabeza y meditó sobre su situación, si era conveniente tratar de escapar en ese momento, si lo intentaba y aquel tipo lo descubría se enojaría y como mínimo le daría una paliza, aun así decidió arriesgarse porque tal vez no se le presentaría una oportunidad igual. Irguió el cuerpo decidido a irse más se sobresaltó sobremanera al toparse con unos ojos negros fijos en él.

-Que bueno que estás despierto-dijo el pelinegro fingiendo ignorar la reacción del chico-debes comer.

El menor sintió como lo alzaba en brazos-¿otra vez?-preguntó incrédulo.

Ignorándolo Gerard lo llevó al salón y lo sentó en el sofá-espera aquí-dijo y buscó rápidamente unos bocadillos colocando la bandeja frente al chico.

-No quiero-dijo el menor con su voz ronca.

-No me interesa-contestó el mayor obstinado-come.

-Te dije que no-dijo el rubio mirándolo con rencor.

-¡Hazlo!-ordenó con voz autoritaria.

-Qué demonios quieres-preguntó el rubio forzando su garganta.

-Que comas, ya te dije-dijo cabreándose con la actitud borde del crío.

-Quiero irme de aquí-dijo el menor volteando el rostro enojado, no sabía qué era peor, el tipo sádico que se le echaba encima como un salvaje o este otro con su calma parsimoniosa, de pronto el menor sintió que el pelinegro le tomaba el rostro con una mano y lo obligaba a mirarlo.
-Te dije come-le dijo mirándolo con ojos fríos.

El rubio tembló levemente y sin dudar más tomó uno de los bocadillos y lo mordió sólo para escupirlo al instante-¡guacala!-exclamó sin pensar-esto sabe horrible.

-Son rollos de espinacas, pescado y especias, te hará bien-le informó con simpleza.

-Pero...sabe feo-comentó tapándose la boca con la mano para evitar vomitar.

El pelinegro rio a carcajadas mientras el rubio lo miraba incrédulo. -no que no eras un mocoso-exclamó sonriente.

El rubio se ruborizó-y qué tiene que ver que...-tosió y maldijo su garganta por no dejarlo terminar de hablar.

-Tranquilo-dijo el mayor acariciándole la espalda para calmarlo.

El rubio quería decirle algo, mas sólo atinó a apartarlo con el brazo, sentía que se estaba ahogando, que esa tos seca lo mataría.

-Hey-exclamó preocupado el pelinegro ignorando el rechazo y abrazándolo, masajeándole continuamente la espalda.

El muchacho quiso mas no pudo hacer resistencia, así que sólo apretaba los puños indignado, se detuvo unos segundos a pensar si podía sacar provecho de esa situación, tragarse su orgullo y ganarse la confianza de ese tipo aparentando ser un crío despistado.

-Dime cómo te llamas, pequeño-preguntó suavemente.

El rubio tardó un poco en responder porque aún no recuperaba el aliento-te digo...si me das...algo a cambio-murmuró jadeante.

El pelinegro se extrañó pero aceptó-dime.

-Quiero...-se sonrojó-un oso de peluche.

Gerard sonrió-ah, eso-dijo aguantando las ganas de molestarlo, lo pensó un poco y dijo-¿te sirve un conejo de peluche?

El rubio frunció el ceño, aunque recostado del pecho del pelinegro este no podía verlo-...un...-asintió.
-Que bueno, entonces espera aquí-se levantó y se perdió en el pasillo.

-"Qué diablos"-pensó el rubio-entendía que tuviera medicinas si de verdad era medico como decía, pero ¡un peluche!

Al instante Gerard regresó con un conejo blanco de felpa-toma-le dijo dándoselo.
-gra...gracias-dijo aceptándolo con asombro.

El médico sonrió de medio lado-es un recuerdo, me lo dio un paciente, un niño que operé siete veces cuando recién había salido de la universidad-comentó con melancolía-cada vez que extirpaba el cáncer este volvía.

El rubio lo miraba con ojos de asombro, ese hombre acaso estaba loco, cómo le iba a regalar algo tan preciado.

-Quiero que lo tengas tu-le dijo tomando su mano, es mejor que el conejo alegre a otro chico a que se pudra en el armario.

Al rubio se le cristalizaron los ojos, se sentía muy confundido.

-¿y bien?-dijo el pelinegro.

El chico lo miró despistado.

-me dijiste que me dirías tú nombre-le recordó.

-Ah...yo...Juan...me llamo Juan-contestó desviando la mirada.

-Juan qué.

-Juan...Kleis.

-bien, no fue tan difícil, eh-le dijo para nada convencido-y dónde están tus padres.

-El trato fue el nombre-contestó abrazando el conejo, ese era su pasaje de salida de ese lugar.

El pelinegro sonrió-eres un borde total-dijo alborotándole el pelo.

El rubio iba a replicar pero desde la puerta de la sala se escuchó un estruendoso-¡qué! Gerard y el rubio miraron sobresaltados al dueño de aquella voz.

Un hombre de jeans negros, camisa roja y negros cabellos recogidos en una coleta los miraba señalando con un dedo acusador a Gerard. -estas sonriendo-dijo exagerando el tono.

-Litz-gruñó el mayor-déjate de idioteces.

-Pero qué dices hombre-dijo acercándose con una sonrisa-este niño te hizo reír, es qué se va acabar el mundo-dijo tonteando.

El rubio puso cara de pocos amigos, desconfiaba hasta de su sombra.

-Es mi hermano-le explicó al rubio-es médico también, le pedí que viniera a cuidarte.

El menor dio un respingo-qué...

-Sólo por un par de horas-interrumpió el mayor.

El rubio se mordió el labio, ya había hecho el teatrillo de niñato, ahora no podía gritarle lo que pensaba de tener niñera.

-No dejes que camine porque tiene el tobillo inflamado-dijo levantándose en busca de las llaves de su auto-no le des las porquerías que tú cocinas-le hizo un ademan para que se acercara-ten delicadeza, está asustado-susurró.

-Lo sé-dijo su hermano con seriedad-Franz me contó.

-Bueno, me voy, ah una última cosa-dijo dándole un último vistazo a su hermano-no hagas idioteces



Capítulo IV


Gerard había ido con su amigo Helmut, estaba satisfecho con la prontitud con la que había actuado. Tocó el timbre del departamento de aquel hombre sintiéndose un poco alterado, estaba ansioso por saber quién era aquel pequeño rubio y exactamente que le había sucedido.
-Hola Gerard-dijo el hombre cuarentón al abrir la puerta-pasa.
Gerard saludó con un gesto de cabeza y se adentró en el departamento. Helmut fue hasta el pequeño bar y le sirvió un whisky a su amigo y otro a sí mismo.

-y bien-preguntó con su falta de tacto aceptando el vaso.

Helmut sonrió-que impaciente-comentó yendo hacia un mueble alto, sacó un cd y lo colocó en su computadora, cuando se abrió el archivo dijo-no fue fácil averiguarlo, el chico no es holandés.

Gerard frunció el ceño-de dónde es.

-Portugués-contestó Helmut abriendo uno de los vídeos, este mostraba a un tipo rubio de unos cuarenta y tantos sentado en un cuarto, una de esas habitaciones donde la policía interroga a los delincuentes, de repente entró un detective y se sentaba frente al hombre y comenzó a hablar con él, pero en portugués pues el detenido no hablaba ni holandés ni inglés.

-qué dicen-pregunto Gerard molestó.

-el detective le pide que confíese quienes pertenecen a la organización que trafica con chicos y para quién trabaja.

A Gerard se le heló la sangre, sabía que el niño había sido acosado pero ¡una organización!, eso era demasiado.

-este tipo-dijo señalando al rubio quien se mostraba nervioso y enojado-fue el padre de Tiago.

-¿Tiago?-repitió Gerard frunciendo el ceño.


-Tiago Texeira-dijo mirándolo-el chico de diecisiete años que atropellaste.

Gerard sonrió de medio lado, sabía que le había mentido, pero entonces se sorprendió-dijiste fue.

Helmut asintió-fue asesinado en su celda el mismo día que este vídeo fue filmado-dijo cerrando el vídeo y abriendo otro, pero notó que su amigo parecía muy alterado-creo que será mejor que no lo veas-dijo pasando una mano por el pelo con algo de preocupación-yo te explico...

-Quiero verlo-dijo tratando de controlarse ¡¿El propio padre lo había introducido a ese mundo?!,recordó que una vez él le insinuó esa posibilidad a Franz, pero en realidad no lo creía.

-pero...

-Quiero verlo-repitió con frialdad

-Está bien-dijo resignado-lo que verás

Gerard, es fuerte-así que te pido que trates de calmarte-advirtió preocupado al pulsar el "play"

La imagen que apareció fue la de una habitación sin mueble y en el suelo estaba el rubio atado de pies y manos, amordazado y con una venda cubriéndole los ojos, de repente la puerta se abrió y el chico se estremeció, un hombre corpulento se acercó al chico.

-hola precioso-le dijo acariciándole el muslo, mientras el chico trataba inútilmente de alejarse-¡Dios!-exclamó lamiéndole la mejilla-eres tan bello, sino fueras del señor Mark-dijo metiendo la mano por debajo del sweater del menor para acariciar la piel suave, el rubio gritaba incoherencias incomprensibles por la mordaza, el hombre se sentó y sentó al rubio sobre sus piernas, se sentía muy excitado e ignoraba por completo los esfuerzos del chico por liberarse, con su brazo derecho lo mantenía junto a él y con la mano izquierda le desabotonó el pantalón y metió su mano acariciándole las nalgas, masajeándolas y apretándolas mientras estrujaba al rubio contra sí, el chico lloraba y gritaba, aunque todo fuese inútil, el hombre sin poder controlarse se aproximó al cuello del chico y chupó con fuerza mientras apretaba la redonda nalga. Totalmente excitado le desató las piernas para acostarlo boca arriba y echándose sobre él se escabulló en medio de sus piernas y restregarse sobre el pequeño como si lo estuviera penetrando, mas con la ropa puesta, el chico asustado no podía controlar su llanto pero el hombre no le prestaba atención a su angustia, seguía lamiéndolo y toqueteándolo de manera obscena, entonces el hombre notó el enrojecimiento en el cuello del pequeño y se asustó, si su jefe se daba cuenta lo mataría, literalmente lo mataría.se levantó y echándose al hombro al menor lo sacó de la habitación para cumplir lo que le habían encomendado.


        El ruido del vidrio quebrándose rompió el silencio, era Gerard quien sin darse cuenta había roto el vaso, sentía su sangre hervir, no podía soportar la ira, quería matar a aquel bastardo que se había atrevido a tocar al chico.



-Cálmate-pidió Helmut poniéndole la mano en el hombro.

Gerard no dijo nada, el odio se reflejaba en su mirada.

-Te voy a mostrar un video, es…-Helmut suspiró incomodo, él también había sentido ira la primera vez que vio el video, pero Gerard tenía una mirada de psicópata que le preocupaba, notaba que ya había creado un lazo de afecto con el chiquillo-aquí se ve el escape del chico-pronunció notando un brillo en los ojos de su amigo.

El vídeo era de cámaras de seguridad, mostraba cuatro imágenes diferentes: en una un pasillo, en otra una habitación, en otra una habitación muy lujosa con correas de cuero y juguetes sexuales y en otra un gran salón lleno de gente, hombres adinerados y jovencitos con poca ropa. En la segunda imagen se abrió la puerta y entró aquel hombre con el niño, lo puso en el suelo cerrando la puerta con llave.
-Tienes que bañarte para estar presentable-le dijo mientras el chico retrocedía torpemente. El hombre sacó una inyectadora de su bolsillo y se acercó al menor sujetándolo del brazo ,lo inyectó, el chico aulló aterrado-tranquilo, es para que te relajes.


       El rubio forcejeó un poco y después pareció perder la voluntad, le había inyectado un sedante que no lo duerme pero lo deja fuera de combate. Entonces le quitó la venda de los ojos, la mordaza y desató sus manos, acariciando el rostro enrojecido-cielos chiquillo-dijo tragando grueso.

Gerard apretó los dientes.

        El tipo se relamió los labios-diablos, por qué tienes que ser tan bello-dijo pasando su mano por la cintura del menor-dime, por qué eres tan lindo-dijo dándole un piquito-por qué tienes que ser endemoniadamente precioso-comentó sin poder dejar de elogiarlo, le metió la mano por debajo del sweater acariciando el estómago y luego subiendo a la tetilla, pero vio que esta ante su pellizco se enrojecía-¡Diablos!-exclamó molesto, ese niño era muy blanco y cualquier toque lo delataba. El rubio se retorció un poco excitando aun más al hombre- tal vez hay algo que no te deje marcas- dijo pasándose una mano por el pelo, entonces fue empujándolo suavemente hasta la cama para acostarlo en ella, le bajó un poco el pantalón  junto con los bóxer hasta medio muslo, comenzó entonces a lamerle el pene pero una voz en el pasillo lo interrumpió.

-¡PATRICK, DÓNDE ESTÁS!-gritó un hombre desde el pasillo.

Gerard veía atentamente al menor quien parecía angustiado dentro de aquel sopor.

También observó que en el salón donde estaban jóvenes y viejos había una gran confusión y gritos.

-¡Voy!-gritó el tipo asustado saliendo presuroso olvidando cerrar la puerta tras sí.

        El rubio gimoteó y con movimientos torpes haló sus pantalones y ropa interior hasta subírselos, con dificultad lo logró, hizo un gran esfuerzo para levantarse y al hacerlo intentó sostenerse de la mesa de noche pero solo logró derribar un jarrón que había en ella quebrándolo en mil pedazos. Se quedó quieto un segundo, asimilando lo que había sucedido, entonces se esforzó por agacharse y tomando uno de los pedazos del jarrón se lo clavó en la pierna, buscando que el dolor lo espabilara.

        Un poco repuesto trató de enfocar la habitación, cosa que le costó mucho, pero logró divisar la puerta, caminó entonces hacia ella y salió, en medio de su mareo escuchaba gritos y estruendos, él no lo sabía, pero la policía estaba haciendo una redada, sin pensar en otra cosa más que en escapar, logró llegar a una puerta de servicio y por allí se escabulló; el vídeo no captaba más pero lo cierto es que el rubio corrió sin mirar atrás y sin saber en dónde estaba y hacia donde iba, sólo sabía que quería huir de allí, lo más lejos posible, pero sintió un golpe y luego nada: lo habían atropellado.

Helmut cerró el archivo-el caso de la mafia de corrupción de menores lo veníamos investigando desde hace meses, nuestro informante nos había prevenido de la fiesta que se daría ese día, decían que tenían mercancía nueva-comento molesto con la manera en la que se referían a los jovencitos- yo mismo participé en la redada pero no supimos nada del niño rubio porque-tragó grueso antes de continuar- lo consideraban mercancía premiun, así que nadie lo había visto más que el guardia que vimos, le pertenecía a Mark Kipling.

-Quién es-preguntó arrastrando las palabras con odio.

-Me temo que aún no lo sabemos-dijo apenado-él nombre no existe.

-¡Qué!-exclamó levantándose de golpe-ese maldito anda suelto.

-Cálmate por favor-pidió Helmut-estamos cerca de descubrirlo…

-y mientras el bastardo disfruta de la vida-rugió sintiéndose iracundo.


-Por favor Gerard-suplicó Helmut-no será por mucho tiempo, te juró que lo atraparé y lo haré pagar con sangre; por ahora tú procura cuidar del chico hasta que esto se resuelva.

Gerard iba a replicar, él no le dejaría esto a la policía, él mismo se encargaría de ese tal Mark Kipling, pero claro esto no se lo diría a su amigo- está bien-dijo pasándose una mano por el pelo-dame el cd.

-para qué-dijo Helmut extrañado.

-No quiero que esas imágenes circulen por ahí, dame el cd y si tienes copias destrúyelas.

-Pero…-protestó Helmut, eso era evidencia.

-dámelo-recalcó fríamente.

-está bien.

Helmut le dio el vídeo y Gerard salió de allí para conducir directo a su departamento, tenías unas fervientes ganas de abrazar al rubio y hacerle sentir protegido, hacerle saber que lo cuidaría el resto de la vida y que no dejaría que nada malo volviera a pasarle, entonces frenó en seco…¿toda la vida?...¿en qué diablos estaba pensando?... Allí, estacionado en medio de la calle, Gerard se quedó impresionado con sus propios pensamientos y tratando de ahogar lo que empezaba a sentir.


Capítulo V

   
        El rubio no le quitaba la vista de encima a ese sujeto, apenas se empezaba a acostumbrar al otro y venía este, tragó grueso manteniendo el ceño fruncido con enojo, aún no lograba descifrar las intenciones de aquellos hombres.

-Hey, me estas asustando-bromeó Litz poniendo cara de "tengan piedad de mi"-quieres comer algo-preguntó y luego masculló algún insulto para su hermano pues recordó el" no le des las porquerías que tu cocinas"

El rubio no contestó, sólo mantenía su vista fija en él.

-Cielos, podrías contestarme-dijo yendo a las habitaciones y luego volvió con un x-
box-¿quieres jugar?

El rubio pestañeó confundido, no contestó pero cambió su semblante y el mayor tomó eso como un sí.

Conectó el aparato y puso unos cojines en el suelo-ven-dijo y tomando al chico de la cintura lo sentó en ellos.

-Déjame-dijo el rubio empujándolo sin soltar al conejo.

-¡Vaya, hablas!-exclamó exagerando su expresión de falso asombro-toma-dijo ofreciéndole el control.

El rubio lo miró malhumorado pero tomó el control, de hecho el x-box le encantaba, nunca había tenido uno y solo había jugado un par de veces en casa de un compañero de trabajo.

-Es Fitherfire-le explico Litz encantado de la vida, buscando el nivel y escogiendo su personaje.
Comenzaron pues a jugar y sin darse cuenta el muchacho se relajó y comenzó a divertirse, aun no mediaba palabra, pero ya no sentía tanta presión .Litz actuaba como un niño pataleando cada vez que perdía una vida y exclamando vítores para si mismo cada vez que acertaba a matar a algún contrario.

-¡dale dale!- pedía Litz ofuscado mientras se defendía de un batallón.

-¡Ya va!-respondió de mala gana el rubio sin darse cuenta.

Litz lo miró sonriendo de medio lado, ya empezaba a ganarse su confianza pero su sonrisa se esfumó, con el movimiento las muñecas del chico quedaban a la vista dejando ver los intensos moretones, sintió estrujar su pecho y pensó con tristeza que ningún niño debería sufrir así, ninguno. Sentía ternura por el chico y espíritu protector.

-No fui yo-dijo el rubio mirándolo espantado sin darse cuenta de la turbación del otro.

-¿eh?...-masculló descolocado Litz y mirando la pantalla notó que su personaje estaba muerto con una calavera sobre él, notando también que el ataque lo había realizado cierto rubio-¡¡¡qué!!!¡¡¡tú!!!-dijo mirándolo acusadoramente.

-me equivoqué-se excusó apenado y le restó importancia para seguir jugando, después de todo su personaje seguía vivo.

-Eres un canalla-comentó dramáticamente Litz y lo observó jugar.

Al rato el personaje del rubio también murió.

-Bien, te compré ropa de tu talla-le dijo apagando el x-box-si quieres puedes bañarte y cambiarte.

El rubio lo miró con desconfianza.

-Te traje también unas muletas para que te desplaces solo-le dijo guiñándole un ojo.

Esa noticia le gustó, así nadie tendría la excusa para toquetearlo

-Espera un segundo-dijo levantándose y yendo a la otra sala volvió después con las muletas-te voy a levantar-le dijo pues estaba sentado en el suelo y tomándolo de la cintura así lo hizo-toma.

El rubio tomó las muletas y alzó la cara para mirar a aquel hombre que era tan alto como su hermano, suspiró-gracias-susurró sin estar convencido.

-Ven-le dijo caminando hacia el pasillo, el rubio lo siguió ayudándose de sus nuevas muletas.

-Este es el baño, puedes ducharte y te dejaré tu ropa en tú habitación-informó con una sonrisa.

El rubio asintió como autómata, entró al baño cerrando la puerta tras si y poniendo el seguro.

Litz sonrió-es una monada.

        En el baño el rubio soltó un hondo suspiro, todo le era tan extraño, estaba cansado de luchar y comenzaba a flaquear, talvez tarde o temprano lo tomarían, talvez no valía la pena resistirse, talvez era mejor dejarlos hacer y así todo acabaría más rápido. Sacudió su cabeza y comenzó a desvestirse lentamente, aún le dolían los brazos y las piernas, cuando se sacó los pantalones y la gasa de la herida del muslo pudo observar lo mal que estaba, toda amoratada, miró sus muñecas y entonces los recuerdos vinieron a su mente, el terror que había sentido, el asco, la furia; se llevó una mano al cuello cuando se miró frente al espejo de cuerpo entero y notó la marca que tenía, de pronto sintió como las lágrimas luchaban por salir y cerró los puños, se odió a si mismo, no quería ser un debilucho. Molesto se sacó la venda del pie y se metió bajo la regadera abriendo la llave para sentir el agua fresca caerle de lleno, le era reconfortante, cerró los ojos disfrutando la sensación, pero no pudo evitar recordar aquel día en que su padre le dijo que irían a Holanda, se había emocionado tanto, sonrió tristemente, en ese entonces pensó que era su mayor golpe de suerte. “no trabajes más, no hace falta” le había dicho su padre y él creyó que  había encontrado por fin un buen trabajo y pensaba comportarse como un padre por primera vez en su vida…pero todo era un engaño, sin poder evitarlo comenzó a llorar, se sentía tan miserable.

-Ya, Tiago, basta-se dijo a sí mismo.

        Soltando una bocanada de aire tomó el champú y se echó un poco pretendiendo olvidar el pasado.
Cuando terminó de bañarse salió con una toalla enrollada en su cintura y sigilosamente fue hasta el cuarto donde ahora dormía, le fue un poco incómodo el uso de las muletas pero estaba satisfecho. Cerró la puerta tras sí, su cabello goteaba perlando su cuerpo, como le dijo Litz, en la cama estaba la ropa de su talla, frunció el ceño, todo tenía un aire juvenil, hasta infantil podría decirse, se encogió en hombros conformándose, ya estaba acostumbrado a que la gente lo viera como un crío. Se puso un conjunto de short blanco, camiseta azul celeste y chaqueta blanca, mientras se secaba mejor el cabello se miró en el espejo y torció la boca con desagrado, en verdad parecía un mocoso con esa estatura tan baja y ese rostro aniñado que tanto odiaba, eso también era culpa de su padre, porque ese cretino y su madre eran altos, pero la mala alimentación y el trabajo excesivo al que lo había sometido habían repercutido en su desarrollo. Se sobresaltó cuando escuchó que tocaban la puerta.

-¿Estás listo?-preguntó Litz preocupado.

El rubio abrió la puerta con algo de miedo.

-Es que está lista la comida-se justificó

Litz y no pudo evitar embelesarse con el chico, en verdad era muy tierno, pero no se lo diría, no quería verlo como un tigre enfurecido mostrándole los dientes. Litz sonrió ante su propio pensamiento-Espera un segundo-le dijo al llegar a la sala dirigiéndose a la cocina.


        El rubio lo siguió con la mirada hasta verlo desaparecer en la cocina, escuchó estruendo y maldiciones, se le hizo gracioso, definitivamente ese hombre era extraño, observó el balcón y se acercó, sintió como el viento golpeaba su rostro placenteramente y sonrió recordando a su país. Litz lo observaba sin que el chico se diera cuenta, le preocupaba que quisiera suicidarse de nuevo, pero al verlo sonreí suspiró relajado y volvió a lo suyo. El rubio descansaba los brazos en la baranda del balcón, a su memoria vinieron recuerdos de sus amigos, de su casa e inevitablemente de sus padres.

Pensó en la aparente amabilidad de los hombres que ahora lo retenían y sintió ira, jamás volvería a confiarse, pues cuando llegó a Holanda, su padre le presentó a unos hombres muy amables que resultaron ser unos malditos pervertidos-basta-susurró para si mismo, deseaba suprimir esas emociones, necesitaba estar calmo para lo que vendría.

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